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Luis Tardon

LA VIDA INTERIOR DE UN STARBUCKS

Hay días en los que darías cualquier cosa por tomar distancia contigo mismo. Para conseguirlo, mientras unos eligen tener una vida secreta que solo se descubre cuando han muerto, yo, prefiero ir al Starbucks.

Haces cola y haces como que dudas en qué pedir. Tres personas delante, dos… Se para el tiempo y una chica con gorra te da los buenos días. Sonríe, sonríe tanto que te enseña casi todos los dientes. En condiciones normales desconfiarías de alguien que sonríe tanto, pero aquí no. Aquí todo vale.

Solo te separa un metro del mostrador, un glorioso paso, un pequeño paso para ti y bla bla bla. Estás embebido en el egoísmo que te ha hecho llegar hasta allí. Puedes tocar el mostrador y decides combatir sus dientes con los tuyos. “Buenos días”- contestas asquerosamente encantador. Casi como en una primera cita, casi como un vendedor a puerta fría, casi como…. Bueno, es ridículo demorar el momento, es la hora. La chica del lunar no se ha achantado viendo tu reciente limpieza en profundidad y hace la pregunta. Un tibio “qué quieres” se deja oír en el local y se mezcla con los acordes de Louis Amstrong y el aroma del torrefacto. Contrataco. Necesito recuperar el terrero perdido y opto por un clásico Jaque Pastor: sencillo, rápido, efectivo, confiando en que la poca pericia de la oponente me deje vía libre a la caída de su rey. Me aclaro la voz y escucho cómo pido un Latte Macchiato, así, como sin darme importancia. Es mi forma de sacar pecho, de demostrar que la tengo más larga y de hacer alarde de las horas de vuelo a mis espaldas chupando wifi y repanchingado en sus cómodos sofás imitación a cuero bueno.

Me equivoco al tildar de novata a la otra. Sonríe sin dejar intimidarse y asiente. Combate a los puntos ganado, pienso, pero esta batalla no es la guerra y  ambos lo sabemos. Se retira para ganar tiempo y coger aliento, y cuando vuelve a encararme ya es otra. Lleva en la mano algo que parece ser un vaso. Se acerca el momento, mi momento, los segundos que justifican mi presencia en este duelo sin sentido. Me mira rotunda y me pregunta rotulador en mano: ¿Cómo te llamas? Su boca ha perdido la sonrisa, pero sus ojos han ganado en intensidad. Espera armada de paciencia porque sabe que el final está cerca. La ceja izquierda forma un pequeño arco de medio punto, lo que da muestra de una insana curiosidad. José Ortega y Gasset, respondo. No hay expresión, ni mueca de contestación, solo una mirada que baja y escribe el nombre con una bonita caligrafía. Aprovecha para poner en práctica su reciente curso de lettering.  Pago y la miro antes de sentarme. Una mirada de respeto ante una rival que  ha hecho que sacaras lo mejor de ti.

Vuelvo al sofá. Allí me envuelvo en mis ensoñaciones. Perspectivismo, razón vital, raciovitalismo… Tres horas más tarde, salgo. De camino a la puerta escucho un “hasta mañana” que contesto con un ligero asentimiento de cabeza. Cruzo el umbral y vuelvo al mundo corriente donde satisfacer las necesidades primarias es lo que prima.

El Macchiato me ha puesto el cuerpo guerrero. Mañana puede que sea un revolucionario. Buenas noches.